domingo, dezembro 04, 2005

La esfinge que pretende salvar Portugal

REPORTAJE: ANÍBAL CAVACO SILVA
El Pais, 4 de Dezembro de 2005

El pasado 20 de octubre, día de la presentación de su candidatura a las elecciones presidenciales del próximo 22 de enero, Aníbal Cavaco Silva apareció rodeado de banderas portuguesas y, con la mandíbula apretada y el tono solemne del que habla imbuido por una misión cuasi divina, leyó un texto de ocho minutos en el que desgranó sus ideas (casi todas económicas, como corresponde a un doctor y catedrático de esa especialidad) para construir un "Portugal mayor".

Allí estaba por fin, tras varios meses de infinitas dudas cuidadosamente irresueltas sobre su candidatura, el esperado Cavaco, el optimista Cavaco; el tecnócrata Cavaco. El competente, el incorruptible, el eficaz, el pragmático, el triunfador nato, regresaba de un (más o menos) silencioso retiro de diez años. Lo hacía en el sitio oportuno (el Centro Cultural de Belém, faraónica obra que marcó su mandato de una década), con el reclamo preciso y en el momento justo: el templado profesor universitario, desengañado de la política profesional, acude casi pese a sí mismo al rescate de su patria sumergida en una aguda crisis económica, desmoralizada por su pérdida de peso en la economía europea, paralizada ante la encrucijada de la globalización.

Un poco al estilo de esos entrenadores pretenciosos, Cavaco volvía "para devolver a Portugal al lugar que merece".

El autor de aquella célebre frase dirigida a la oposición ("deixem-me trabalhar", "yo nunca me equivoco") estaba de regreso para felicidad de la mitad de los portugueses y horror de la otra mitad. Era el mismo hombre parco, tímido, tranquilo y serio de siempre; de sonrisa franca pero muy administrada para dar más confianza; era el mismo Cavaco, más sabio y con más canas, que dividió al país en dos, cavaquistas y anticavaquistas, y que fue considerado siniestro y dictatorial por unos y trabajador y encantador por otros.

Soledad

Vuelve solo, como siempre estuvo; esta vez contra los cuatro candidatos de la izquierda, tras renunciar explícita, teatralmente, al apoyo oficial de su partido, ese Partido Social Demócrata al que él sacó, surgiendo casi de la nada (como ahora), de una crisis gravísima en 1985, cuando, tras las súbitas muertes del fundador, Sá Carneiro, y de su sucesor, Mota Pinto, alcanzó por sorpresa y aclamación la presidencia del partido.

Cavaco gobernó el país (dos de las tres veces que se presentó ganó con mayoría absoluta) entre 1985 y 1995; sus recortes de impuestos, la liberalización económica y las privatizaciones de empresas públicas, consensuadas con el Partido Socialista, y el crecimiento económico posterior dispararon entonces la popularidad de Cavaco hasta límites nunca vistos: hoy es todavía el gobernante que más tiempo seguido ha estado al frente del país.

Aunque su fama de vencedor sacrificado e indestructible quedó tocada con la inesperada derrota en las presidenciales de 1996, cuando cayó ante el socialista Jorge Sampaio, actual presidente de la República, por tres millones de votos contra 2,6 millones, diez años bastan para olvidar aquello. Algunos dicen que, herido en su vanidad populista, en aquel mismo momento se juramentó para presentarse de nuevo. Sus partidarios afirman que, retirado a sus clases y una vez escrita la historia de sus mandatos en dos volúmenes (Autobiografía política I y II), Cavaco vuelve porque siente que Portugal le necesita.

Sea como fuere, lo más sorprendente es que, a sus 66 años, Cavaco parece haber convertido el silencio en el eje central de su estrategia electoral. Los portugueses saben desde siempre que no le gusta hablar de política (dice que "es mejor hacer cosas"), pero fue a hacer una entrevista en televisión y estuvo tan parco que la locutora acabó casi desquiciada, rogándole que se extendiera más para que los portugueses supieran "lo que piensa".

Mario Soares ha estado más de un mes atacándole por todos los flancos, pero ha acabado renunciando ante la estruendosa falta de respuesta. Y sus otros tres rivales electorales, el también socialista (diputado y poeta) Manuel Alegre (segundo ahora en las encuestas, con un 15%); y los candidatos del Partido Comunista (Jerónimo de Sousa) y Bloco de Esquerda (Francisco Louça), han comprobado ya que Cavaco sigue siendo un as evitando el cuerpo a cuerpo.

A derecha y a izquierda, los analistas, algunos de ellos francamente enfadados con "la esfinge", interpretan el silencio como un puro y casi natural reflejo de autodefensa ante la bondad indiscutible de unos sondeos tan favorables que, en efecto, lo más sensato parece casi no hacer nada, estarse quieto y callado.

Antes incluso de que hiciera pública su decisión de presentarse a las elecciones, Cavaco acaparaba ya casi el 55% de las intenciones de voto: el cavaquismo que arrasó Portugal en los años ochenta y noventa seguía ahí, agazapado pero vivo.

Y aunque es verdad que el apoyo ha ido bajando en los últimos días, el atildado candidato de la derecha mantiene una gran ventaja sobre sus dos grandes rivales socialistas, Soares (candidato oficial del partido) y Alegre. Hoy, Cavaco obtendría un 45%. Insuficiente para ganar en la primera vuelta, sí, pero con un matiz esclarecedor: el 20% de los votantes habituales del Partido Socialista le prefieren a él.

"Es un hombre distante", ha dicho la semana pasada en Lisboa su viejo amigo y homólogo Felipe González, con quien Cavaco coincidió en los consejos y las cumbres celebrados durante aquella década en la que España y Portugal fueron hermanas de desarrollo, crecimiento y pelotazos rápidos bajo la prodigiosa lluvia de los fondos estructurales de la UE.

González, que probablemente puede presumir de haber creado una sociedad más igualitaria que su homólogo (acusado siempre de favorecer las fortunas de los más atrevidos y menos escrupulosos), ve "muy probable" que Cavaco gane las elecciones, pero añade un reparo: "Si llega a la segunda vuelta puede tener problemas".

Su punto débil

Su análisis hace hincapié precisamente en el que muchos coinciden en señalar como el punto débil de Aníbal Cavaco Silva. De este abnegado hijo de un modesto gasolinero del Algarve que fue corredor de vallas en su juventud (tan torpe como para hacerse sangre en los talones al saltar, tan tenaz como para llegar a campeón nacional de la especialidad) y que se hizo a sí mismo hasta doctorarse en Economía por la Universidad británica de York, se dice que no le gusta la lucha cara a cara, que rehúye el debate, que basa todo su atractivo y su carisma en la impasibilidad, en esa imagen de mando natural que desprende la perfecta cuadratura de su rostro.

Pero quedan muchos días hasta las elecciones de enero, y quizá a Cavaco no le baste con eso. Quizá él, que se define como un político no profesional pero a la vez esgrime sus 15 años de experiencia política como mérito (fue ministro de Finanzas en 1980 con el Gobierno de Sá Carneiro y renunció a seguir con el que formó Pinto Balsemao en 1981 tras la muerte del primero), lo sabe también.

Y esta semana ha comenzado a dar señales de que hay vida inteligente más allá de su gran sonrisa blanca. Dos señales significativas y de signo contrario, quizá para no quebrar la línea de presidenciable suprapartidario que quiere que le caracterice esta vez. Ante la polémica suscitada por la orden del Ministerio de Educación que obliga a los institutos públicos a retirar los crucifijos de las aulas, Cavaco salió a la palestra con una declaración contenidamente demagógica de católico ofendido. Al día siguiente se reunió con los sindicatos.

El propio Soares, que puede estar mayor a sus 80 años pero desde luego no está tonto, ha dicho esta semana que Cavaco debe tener cuidado porque en toda la historia de las presidenciales portuguesas ningún candidato que se presentase sin el apoyo explícito de su partido ha logrado ganar en la primera vuelta. Pero Soares también sabe bien que Cavaco es muy capaz de ser el primero en hacerlo.