domingo, agosto 28, 2005

Las ilusiones devastadas de Portugal

Los incendios que por tercer año consecutivo han devastado Portugal han encendido un debate que va más allá de la falta de medios y previsión para prevenir el fuego en los bosques. Los comentaristas y la clase política se interrogan sobre el rumbo del país, al que no ayuda una coyuntura económica adversa


Por tercer año consecutivo, Portugal se ha enfrentado a una ola de incendios devastadores que los bomberos y los medios de combate disponibles han tenido graves dificultades para controlar. Una especie de fatalidad que se repite cada verano, pese a las promesas de sucesivos Gobiernos y al consenso general sobre las causas estructurales de la tragedia. Este verano, las llamas que devastaron Portugal se transformaron además - en los debates públicos y análisis de comentaristas- en una metáfora de una cierta impotencia general del país ante muchos otros problemas estructurales que limitan su crecimiento y modernización. También en este caso, tras más de tres años de crisis económica, política y social, los diagnósticos son coincidentes.

¿Por qué arde tanto Portugal? Esencialmente, por un ordenamiento caótico de los bosques y del territorio en general. La desintegración del mundo rural en las últimas dos décadas, en buena parte motivada por la integración europea, que acabó con la estructura agrícola lusa, desencadenó un abandono de las tierras de cultivo y de los bosques, que dejaron de ser vistos como rentables (o de ser origen de un suplemento de renta para las familias). Y los jóvenes acabaron por cambiar los pueblos del interior por las zonas urbanas costeras . Un 80% de la población vive en la zona litoral. El resultado es un país rural abandonado, porque el 90% del bosque sigue estando en manos de 400.000 propietarios que, en su mayoría, son dueños de minúsculas parcelas con un tamaño medio de dos hectáreas. En estos terrenos, las autoridades públicas no pueden intervenir. De esta forma, una ordenación del territorio se vuelve muy complicada.

Los incendios han venido a agudizar este ambiente de crisis. "Los fuegos adquieren un valor simbólico de lo que está ocurriendo en varios ámbitos, como si la devastación alcanzara distintos niveles. Ocurren desgracias del mismo tipo en otros países, como España, pero como viven momentos menos críticos, no alcanzan la misma dimensión ni contaminan de esta forma el clima general socio-político. Esencialmente, se ha instalado la sensación de que nuestra tierra es devastada por culpa nuestra, por nuestras negligencias e incompetencias. Y la fatalidad asociada a los incendios acabó por contagiar el pesimismo sobre el futuro de la economía. Es una tragedia nacional por culpa de todos los portugueses y de todos los Gobiernos. Al final, dudamos sobre si tenemos capacidad para dar la vuelta a todo esto", explica José Gil, profesor catedrático de filosofía en la prestigiosa Universidad Nova de Lisboa. En el último año, Gil se ha transformado en un escritor estrella, capaz de destronar el Código da Vinci de los primeros puestos de las listas de ventas de libros con un ensayo sobre la identidad de los portugueses titulado Portugal, el miedo de existir. Otro símbolo del estado de ánimo del país...

Pero no hay fórmulas milagrosas. Tampoco para los bosques, según los expertos. En los últimos cien años, los robles autóctonos fueron progresivamente sustituidos por enormes manchas continuas de pinos y eucaliptos, que crecen deprisa y son rápidamente rentables, pero que son también más combustibles. Miles de hectáreas con monocultivos con esas dos especies y, encima, sin un mínimo de limpieza durante años, "transforman el bosque en una masa arbórea explosiva", donde las llamas entran y avanzan libremente, explica Duarte Caldeira, presidente de la Liga Portuguesa de Bomberos. A esto se suma un caos urbanístico, con casas y fábricas en medio de cuestas y bosques de difícil acceso, sin medidas de prevención en caso de incendio. Los bomberos portugueses se dedican la mayor parte del tiempo a defender las viviendas. Mientras, los fuegos avanzan.

"Nada como los incendios cuestiona de forma tan brutal nuestro modelo de desarrollo de las últimas dos décadas o evidencia el carácter dramático de la falta de una política de ordenamiento". Con esta rotundidad resume Duarte Caldeira el fondo de la cuestión. Las condiciones climáticas extremas de los últimos tres años -olas de calor consecutivas y la mayor sequía de la que hay registro- prendieron la mecha del barril de pólvora. "Todas estas adversidades, naturales o no, tienen su expresión máxima en los incendios", concluye Caldeira, para quien los bomberos deberían funcionar sólo como "porteros" de lo que no se puede prevenir y evitar. Pero con una media de 400 incendios diarios, dentro del tal barril de pólvora, como ocurrió el pasado fin de semana, no hay medios, materiales o humanos, que puedan hacer frente a las llamas.

La Liga para la Protección de la Naturaleza añade a todos estas causas "el déficit de cultura ambiental y de civismo" de una parte de la población, según su secretario general, Eugenio Sequeira. Sólo la "negligencia" puede explicar la diferencia entre el número de incendios registrados en Portugal y en otros países de Europa, con las mismas condiciones climáticas. Por cada 1.000 hectáreas, hay 7 veces más fuegos en Portugal que en España, 20 veces más que en Francia, 7 veces más que en Italia y 22 más que en Grecia.

25.000 incendios al año

De media, hay 25.000 incendios al año en Portugal. Pero en 2005 ya se han superado los 27.000. El área quemada, según la última estimación de la Autoridad Nacional para los Incendios Forestales, ronda las 180.000 hectáreas. Éste es ya el segundo peor año desde que existen registros sobre terreno calcinado. El más trágico, sin embargo, fue hace sólo dos veranos. En 2003, el fuego consumió 425.000 hectáreas, un 5% del territorio. En 2003, 20 personas murieron en los incendios. Este verano, los fuegos se han cobrado 16 vidas.

Tras varios llamamientos a la movilización y a la responsabilidad de las poblaciones, el pasado miércoles, el presidente de la República, Jorge Sampaio, interrumpió sus vacaciones para, en una rueda de prensa, defender "la limpieza coercitiva" de los bosques, porque "los daños que los incendios ocasionan en la comunidad nacional no pueden ser compatibles con la ausencia de capacidad de intervención de aquellos que son propietarios y que no cuidan el bosque que tienen a su cargo".

Las asociaciones ambientales o del sector y varios expertos van más lejos y piden cambios en la ley de expropiaciones de los terrenos forestales para permitir una correcta recuperación de todo lo que ha ardido y evitar que vuelva a ser pasto de las llamas dentro de unos cuantos años. La federación de productores forestales añade que sería importante conceder incentivos fiscales a la "economía forestal", para dar nuevo dinamismo a este sector y a otros asociados, como los de las energías renovables. Sólo utilizándolo puede defenderse el bosque. Y los bomberos explican que hace falta reestructurar las fuerzas de intervención, también desajustadas ante la nueva realidad. De los 45.000 bomberos portugueses, sólo 7.000 son profesionales. El combate contra los incendios recae en los voluntarios, con las consecuentes limitaciones de preparación y disponibilidad. Y casi todos señalan que Portugal debería tener medios aéreos propios, para no depender cada año del mercado internacional de alquiler y de las sistemáticas peticiones de ayuda a países de la Unión Europea.

"Desde al menos 1965 se debaten los efectos de la desarticulación del espacio rural y la vulnerabilidad del bosque. Los espacios forestales son considerados el más importante recurso natural renovable del país hace al menos 25 años. Y hace al menos veinte que se denuncian las fragilidades del actual perfil de ordenamiento. ¿Y qué se hizo? Muchas leyes y debates, pero nada más", denuncia Manuel Carvalho, subdirector del diario Público, que con frecuencia reflexiona sobre este tema en las páginas editoriales de uno de los periódicos de referencia de este país. "La gradual destrucción del bosque se ha transformado en el más evidente testigo de un país acomodado, sin nervio suficiente para enfrentar con seriedad los problemas con que se enfrenta", escribió el pasado 6 de agosto.

"Tenemos una cierta incapacidad de centrarnos en lo prioritario, en lo esencial. A finales de los años ochenta del pasado siglo, el bosque era considerado el petróleo verde del país, con vastas áreas con un potencial enorme de forestación, pero no fuimos capaces de apostar por el sector y transformarlo en un sector estratégico, con una visión a 20 años", explica Carvalho. El sector de los productos forestales representa, pese a todo, un 10% del total de las exportaciones lusas, y el país es líder mundial en la producción de corcho. Todo ello sin haber desarrollado todo su potencial...

Por eso, este verano, los portugueses asisten por enésima vez al debate sobre la problemática del bosque. Por eso es también el tercer año consecutivo que ven al fuego diezmar miles y miles de hectáreas del país. Y con cada ola de incendios hubo un Gobierno diferente, fruto de la crisis política que agotó el país en los últimos cinco años. Y siempre que un nuevo Ejecutivo tomó posesión eligió los incendios como prioridad, afirmando que tenía una estrategia mejor para evitar la tragedia habitual del verano, y cambiando estructuras ya montadas durante meses. A todo esto hay que sumar los más de tres años de crisis económica y financiera.

Recesión

Tras un inicio de año esperanzador, cuando las estimaciones de crecimiento eran bastante positivas, a principios del verano el Banco de Portugal se encargó de calmar ilusiones, rebajando su proyección de crecimiento para 2005 a un tímido 0,5% del producto interior bruto (PIB). Una estimación que, sin embargo, parece haber sido demasiado optimista. Datos publicados en las últimas semanas por la Unión Europea y el Instituto Nacional de Estadística portugués (INE) indican que no se cumplirán los criterios que estuvieron en la base de los cálculos del banco central: el precio del petróleo está demasiado alto, el crecimiento de los países de la zona de la moneda única será inferior al 1%, las exportaciones portuguesas pierden cada vez más competitividad (la cuota de los productos lusos en los mercados internacionales ha bajado a niveles de 1999).

La economía portuguesa empezó a dar muestras de crisis a finales de 2000, entró en recesión en el último trimestre de 2002 y no volvió a recuperarse, pese a un pequeño repunte en los primeros meses de 2004, empujada por la celebración del campeonato europeo de fútbol, que incrementó el consumo interno. Al problema económico se suma el descontrol de las cuentas del Estado, con un déficit público estimado en un 6,87% del PIB, más del doble del fatídico techo del 3% permitido por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento europeo (PEC). Un desequilibrio que no para de crecer desde 2001, pese a los sacrificios que sucesivos Gobiernos han pedido a los portugueses con la promesa de un futuro más risueño, y que "funciona como un corsé para la economía" en una coyuntura recesiva como la actual, explica António Nogueira Leite, economista y antiguo secretario de Estado de Hacienda del socialista António Guterres.

Si alguna duda existía sobre el estado de ánimo de los portugueses, ésta se disipó a mediados de agosto, cuando el INE publicó que los niveles de confianza de los agentes económicos (empresas y consumidores) habían caído por cuarto mes consecutivo a niveles inferiores a los del inicio de 2004, cercanos al mínimo histórico verificado durante la recesión de 2003. El aumento del paro, que del 4,1% en 2001 pasó al 7,2% en el segundo trimestre de 2005, desencadenó una nueva ola de emigración hacia otros países europeos, el rostro más visible de la desilusión lusa.

Gil, el autor de Portugal, el miedo de existir, destaca que comparte personalmente el sentimiento general de desánimo. Sobre todo, lo entiende: "Andamos siempre con pequeñas reformas, cuando el país necesita, hace mucho tiempo, un cambio completo, una revolución en las mentalidades, en el sistema político, en la Administración".

"La crisis económica portuguesa, que es muy larga, más que otras del pasado, es consecuencia del gobierno de las últimas décadas, porque no conseguimos llevar a cabo reformas estructurales necesarias para transformar el país en una economía competitiva. Y ahora es más difícil, debido a la globalización y la competencia asiática. Lo que hicimos fue dejar que creciera un Estado tentacular e ineficiente que ahora ahoga a la economía. La baja productividad de las empresas es consecuencia, también, de factores que les son exteriores, como la burocracia y la lentitud de la justicia".

Esperanza

También Nogueira Leite comparte el pesimismo general y lo entiende. Pero destaca que espera que "este periodo de decadencia sea sólo temporal", como siempre ha ocurrido en la historia portuguesa. Muchos sectores y empresas han aprovechado los años de crisis (o han sido obligados por las circunstancias) para llevar a cabo importantes reestructuraciones, en un proceso de ajuste duro, pero que a medio plazo habrá creado un nuevo tejido productivo con capacidad para exportar y colocar productos competitivos en mercados extranjeros. "Toca ahora al Gobierno cumplir con su parte", o sea, sanear las cuentas y modernizar la Administración, una máquina de 750.000 personas, considerada una de las más pesadas de Europa. "El rumbo definido por el Gobierno es bueno, pero tiene que seguirlo hasta el final", concluye el economista.

El rumbo del Gobierno, liderado por el socialista José Sócrates, que llegó al poder en marzo pasado, es el mismo de uno de sus antecesores, José Manuel Durão Barroso, y de Pedro Santana Lopes. O sea, el rigor y la austeridad en los gastos públicos y más sacrificios para los consumidores. Tal y como había hecho Durão Barroso, Sócrates prometió durante la campaña electoral no subir impuestos, pero una de sus primeras medidas fue pasar el IVA del 19% al 21%. Según indicaron los sondeos, el electorado le perdonó esta primera frustración. Otras medidas posteriores le hicieron llegar al verano con el prestigio y la confianza que había conquistado bajo mínimos, lo que arrojó más madera a la hoguera del pesimismo.

El ministro de Hacienda, Luís Campos e Cunha, renunció al Gobierno poco más de 100 días después de asumir el cargo. Un duro golpe, dada la gran tendencia a huir manifestada en los últimos años por los gobernantes de Lisboa. Primero fue Guterres, en 2001, que se dijo incapaz de conducir los destinos del país, dado el "pantano" hacia donde caminaba. Después fue Barroso, que a la primera oportunidad prefirió cambiar Lisboa por Bruselas. Y sólo cuatro meses después, su sustituto fue destituido por el presidente de la República, harto de polémicas relacionadas con la figura de Santana Lopes. Un desgaste para el electorado y una sensación de que el país no es gobernable.

Pero antes de irse de vacaciones, Sócrates encendió la hoguera final que acabó por castigar su popularidad: eligió a diversos miembros del aparato del Partido Socialista, incluidos amigos personales suyos, para importantes cargos en la administración de empresas públicas o controladas por el Estado. Tras defender un discurso de austeridad, en el que insistió "en la moralización de la vida política y pública", impulsando leyes que recortaban los privilegios de los políticos y altos cargos de la Administración, era imposible cometer un error más grave. "Sócrates está fracasando en una de las vertientes esenciales de su proyecto político: recuperar la confianza de los portugueses en la clase dirigente y hacerles creer en su capacidad para superar la crisis", afirma Manuel Carvalho. Por primera vez, a finales de julio, Sócrates registró niveles negativos de popularidad en las encuestas publicadas mensualmente en la prensa.

"El Gobierno reveló una falta de visión de lo que pasa a su alrededor, de lo que piensa y siente el pueblo. Los portugueses tienen tal grado de sensibilidad, son tan susceptibles, que estos episodios, menores en otro contexto, tienen efectos enormes. En esta rentrée política, las personas no olvidarán tan deprisa las consecuencias del fuego; porque éste es un fuego político", dice Gil.

António Costa Pinto, politólogo del Instituto de Ciencias Sociales de Lisboa y columnista habitual en la prensa, considera que más que "el pueblo", son las élites portuguesas las que han adoptado el discurso de la crisis "y de las llamadas ideologías de la decadencia" este verano: "Son muy sensibles a la idea de asociar cualquier síntoma al fracaso general del país". "Los economistas, por ejemplo, prefieren insistir en el lado estructural de la crisis y en que no se trata de un problema coyuntural que, esencialmente, está relacionado con las cuentas públicas", señala.

Costa Pinto destaca dos lados positivos del mal momento que deprime a los portugueses hace tanto tiempo: un dinamismo creciente de la llamada sociedad civil y una cierta madurez política que, por primera vez en la historia democrática portuguesa, podrá permitir un consenso y una unión entre las principales fuerzas políticas que se van turnando en el poder sobre cuestiones fundamentales para el desarrollo del país, como es el caso de las cuentas públicas.

"Si miramos más allá, hacia los años anteriores a esta crisis, descubrimos un país que cambió muchísimo en treinta años, que se modernizó, que logró entrar en la Unión Europea, que está en el club de la moneda única. No hay motivos para pensar que el país se agotó y que no tiene salida", dice Costa Pinto. Como escribió recientemente el director del Jornal de Negócios, Sérgio Figueiredo, tal vez ése sea el problema: "El mayor misterio es que ahora, en casi todos los indicadores, estamos mucho mejor que nunca. El problema es de expectativas. Y de comportamiento".

El regreso de Soares

CON UN SENTIMIENTO de doble filo fue recibido el anuncio del regreso a la política de Mario Soares, de 80 años, fundador del Partido Socialista portugués (PS), ex primer ministro y presidente de la República durante diez años. Es considerado el padre de la democracia portuguesa y una especie de senador de la sociedad lusa, cuya opinión es escuchada y analizada con atención. El próximo miércoles, Soares anunciará que es de nuevo candidato a ser presidente de Portugal.

Este inesperado regreso al combate político ocurre tras el rechazo de varias figuras, más jóvenes, del PS a dar el paso al frente. Las elecciones, que están previstas para el próximo enero, se adivinaban difíciles para la izquierda, ante la falta de un candidato con carisma y dada la mayoría absoluta de los socialistas en el Parlamento -a los portugueses les gusta equilibrar el poder-. Por otro lado, la crisis económica y financiera daba una ventaja desmedida sobre cualquier adversario al candidato de la derecha, Aníbal Cavaco Silva, el conservador experto en finanzas que fue primer ministro durante los años de presidencia de Soares.

"Es un combatiente por naturaleza. Pero la victoria es secundaria para él. Por supuesto que cuando se presenta, piensa en ganar. Pero no es eso lo que busca. Reacciona ante el desierto que existía a la izquierda, la pobreza del debate. Es la única persona en Portugal con capacidad para renovar la autoestima y dar nueva esperanza a los portugueses. Tiene una enorme capacidad de galvanización", dice el socialista António de Campos, una de las personas más cercanas a Soares.

Si por un lado la decisión de Soares provoca admiración, la verdad es que también contribuye a alimentar el pesimismo que reina en Portugal: ¿será que el país no tiene capacidad para encontrar nuevas generaciones de políticos que presenten soluciones nuevas? Y es que también Cavaco Silva tiene 65 años y forma parte de una generación que ya estuvo en el poder y, en principio, a estas alturas, debería haber dado lugar a la siguiente.

"La verdad es que Portugal necesita una apertura, algo nuevo en su terreno político. Ninguno de estos dos candidatos está conectado con esa apertura hacia una política nueva", afirma el filósofo y escritor José Gil. Para el periodista Manuel Carvalho, el regreso de Soares y Cavaco "denuncia la dificultad que tiene Portugal en mirar hacia delante. Los dos son modelos del pasado, símbolos de una época buena y próspera del país, emblemas de confianza en un futuro que entonces parecía imparable. Creo que los partidos políticos quieren utilizarlos para hacer creer al electorado que el regreso a esos tiempos es posible". Pero "1985 no es 2005, las luchas son otras", como tituló el diario Público uno de sus editoriales sobre este tema.